Mi hija y yo somos unos entusiastas de la naturaleza, nos encantan los animalillos y nos podemos pasar horas observándolos...
La naturaleza nos ha obsequiado con una bonita experiencia.
Un tarde de este pasado mes de junio estábamos cenando en la terraza, mi hija Astrid de 10 años vio una salamanquesa (gecko) paseándose lentamente por una de las macetas que tenemos sobre el muro y como no era de extrañar en Astrid se levantó inmediatamente para observarla sin saber que esa salamanquesa tenía una importante misión.
La salamanquesa la guio hasta dentro de una maceta y cual fue nuestra sorpresa, cuando Astrid apartó las hojas para ver donde se había metido se topó con un nido con dos huevos.
Fue muy emocionante. Cada día, cuando la madre se alejaba del nido, Astrid se acercaba para ver su evolución. Dos huevos, tres huevos, cuatro... así hasta seis. Luego vinieron los polluelos. La madre, realmente atareada, no cesaba de irse y volver con comida, tenía que alimentar ni más ni menos que 7 bocas ambrientas .
Al cabo de unos días, de repente, todos los polluelos estaban repartidos por la terraza, era interesante ver que en tan solo cuestión de minutos alzaron todos el vuelo. Todos menos uno. Uno había decidido quedarse unos días más con Astrid.
Mi hija cuidaba con esmero de ese gorrionzillo, cada día pasaba horas junto a él, le ponía una gotita de agua en el pico, luego lo dejaba tranquilo y observaba como su madre también lo iba alimentando... hasta que un día voló de sus manos dejándole los ojos humedecidos con una mezcla de alegría y añoranza.
Pasados unos días, al ver las fotos, nos dimos cuenta de la camiseta que llevaba puesta mi hija el día que el pajarillo voló. Mi hija aprendió mucho de esa experiencia. Hay cosas que no tienen precio.
Ni con todo el dinero del mundo se puede hacer una flor.
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