En nuestras vidas hay pocas emociones que vivamos con tanta intensidad como la llegada de los Reyes Magos de Oriente. De adulto, las circunstancias propias de la vida ya se encargan de aguarnos buena parte de la capacidad de ilusionarnos, sorprendernos y emocionarnos. Hay imágenes que quedan grabadas en la mente de por vida, las caras emocionadas llenas de ilusión y perplejidad de nuestros hijos, ahijados, nietos, sobrinos o vecinos al ver pasar a sus majestades y su séquito real no tienen precio y sin embargo nos privamos de este mágico momento más preocupados por conseguir al vuelo cuatro insignificantes caramelos. Nos lanzamos hasta debajo de las carrozas si es menester y litigamos con el de al lado obsesionados en una agónica y posesiva ansia de acaparar en una bolsa del carrefú un par de puñados de caramelos de mala calidad mientras dejamos escapar algunas de las imágenes imborrables más bonitas de la infancia, la cara de un niño al pasar por su lado los Reyes Magos de Oriente. Quizás de las últimas ilusiones y emociones sinceras en la inocencia de niño.
