"...
La paradoja es que la fotografía de calle muere en el momento en el que, gracias a la pequeña cámara digital y al teléfono móvil, todo el mundo es fotógrafo...".
Quizá por ello existe esa restrictiva legislación. Sería insufrible estar fotografiándonos los unos a los otros, y que en lugar de rostros apareciesen cámaras y móviles tapándolos.
Bromas aparte, ha sido excelente la exposición inicial de José Horna, y sobre la triple polémica surgida (por un lado, esa fotografía de Doisneau; por otro, la interferencia de una legislación que ha herido de muerte a ese tipo de fotografías; por último, el compromiso social y/o político del propio Doisneau), pondré mi punto de vista sobre la primera, ya que sobre la segunda mi postura es clara: NO a ese tipo de legislación, y sobre la tercera no tengo ni la más remota idea.
Las fotos urbanas de tiempos pasados tienen, para mí, una magia especial. Cuando observo fotos de este estilo, después de intentar comprender el mensaje (unas veces obvio; otras no), lo primero que me pregunto es qué focal se utilizó y desde dónde se “congeló” ese instante del tiempo. En esta toma de 1950, cuando la conocí en su día (a finales de los 80) me hice la idea romántica de que Doisneau pasaba horas en lugares como la terraza de un café (se ven parcialmente dos mesas y una silla), y que inmortalizaba esos pocos momentos mágicos que se producen en una ciudad (el contraste entre los dos amantes y los viandantes “zombis” que van con prisa y vista al frente como robots en cualquier ciudad), utilizando su cámara de forma disimulada desde detrás de los tertulianos del café que están en primera fila (uno ocupa la esquina inferior izquierda).
Sin embargo, toda esa idea romántica se me cayó al suelo cuando me enteré que, como consecuencia de un juicio a mediados de los 90 (en que la protagonista femenina reclamaba los derechos de imagen de los últimos 40 años), la fotografía no era el resultado de la magia de congelar para la eternidad un instante de la realidad, sino del truco (iba a decir pseudofraude, pero sonaría muy fuerte) de congelar un instante de la ficción (los amantes estaban posando a petición del propio Doisneau). Como instantánea, esa fotografía era una obra maestra; como pose planificada, la fotografía es repetible (Doisneau tenía la posibilidad de captar ese “instante” otra vez si, por ejemplo, el tertuliano de la esquina inferior izquierda se hubiera levantado en ese momento tapando a la pareja) y es una excelente foto sin más (que ya está bien), pero no una obra maestra de la fotografía documental / social. En todo caso sería una obra maestra de la fotografía social con posado. Si Doisneau hubiese titulado la fotografía como “Pareja posando, dándose un beso no espontáneo frente al Hotel de Ville”, ¿cuántos habrían elevado esta foto a la categoría de obra maestra?
Sé que bastantes me vais a despellejar por la herejía de criticar una foto de un gran maestro, pero es como lo siento. Aguantaré el martirio con resignación
Varias cámaras antiguas Kinkón (F2, F4, F4s, D70s, D200 y D300) y algunos pisapapeles Kíkkor DX
El problema general de los aficionados con respecto a los profesionales es que no sacan ventaja de su independencia; en lugar de experimentar y crear su propio estilo, se dedican a imitar a los que ya tienen cierto prestigio. Así, lo más probable es que acaben formando parte de aquella sociedad dedicada a la mutua admiración que recibe el nombre de club fotográfico, perdiendo la oportunidad de realizar algo original, algo nuevo, diferente al resto. (Andreas Feininger, “Die Neue Fotolehre”)
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