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Malasia

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Crónicas malayas I

Un relato de un viaje que hice a Malasia allá por el 2000, en una época en que prefería escribir a afotar:


AL PRINCIPIO, EL HOMBRE CREÓ EL FRÍO

Frío. Ese adjetivo que jamás hubiese puesto en íntima relación con el Sureste Asiático, se erigió paradójicamente en la primera gran sensación que monopolizó toda mi atención nada más poner mis pies en Malasia. Las fantasías asfálticas de aquel paisaje aeroportuario de fábula futurista se dejaban acompañar, en perfecta consonancia, de una gélida sequedad no menos artificial, provocada por la utilización abusiva del aire acondicionado, que ejercía su tiranía ambiental sobre la terminal de llegadas.

Los instantes de más incómoda destemplanza fueron los inmediatamente posteriores a mi desembarco, cuando toda mi ropa de manga larga todavía se encontraba almacenada en la mochila que, a su vez, rizando el rizo, aún se hallaba inconvenientemente lejos de mi alcance, en la cámara portaequipajes del avión. Si uno fuera canalla y desconfiado, podría llegar a pensar que el excesivo frío que reina en las salas y pasillos que el recién llegado ha de atravesar en su camino a la salida del aeropuerto no es sino parte de una estratagema ideada por el departamento de inmigración de la policía malaya para situarse así en una posición de franca ventaja psicológica ante el visitante extranjero quien, procedente en su mayoría de las zonas templadas y frías del planeta, está en disposición de llevarse cualquier tipo de sorpresa en Malasia salvo la posibilidad de contraer un resfriado. Con esta ingeniosa treta, resultaría más sencillo someter al viajero al interrogatorio con que se le suele dar la bienvenida en buena parte de los aeropuertos del mundo, alimentado por preguntas que en todas partes suelen estar cortadas por el mismo patrón. «¿Cuál es el motivo de su visita?», «¿cuántos días se piensa quedar?» y «¿en qué hotel va a alojarse?» componen el más clásico trío de absurdas preguntas que uno puede escuchar mientras, erguido frente a un mostrador, soporta estoicamente la inquisidora mirada que el agente le dirige cuando levanta ocasionalmente sus ojos del ordenador, a la vez que sus manos juguetean con el pasaporte de la víctima.
Pero hoy, cuando pienso en Malasia, me es imposible ser canalla y desconfiado. A medida que iban transcurriendo los días y quemaba las diferentes etapas en que había dividido mi viaje, pude observar que no se ocultaban pérfidas intenciones tras la desmesura mostrada en el uso de mecanismos generadores de aire frío. Lo que en un principio había concebido como una fútil anécdota de aeropuerto, y poco después como un traicionero ardid policial, no era más que una inocente realidad fuertemente implantada en todos los espacios bajo techado de Malasia. Los sistemas de aire acondicionado podían poner en evidencia, con su agobiadora omnipresencia, al organismo más capacitado para las bajas temperaturas. Gracias a la experiencia del aeropuerto, levemente molesta pero no disuasoria, tomé mi primer contacto, sin ser apenas consciente de ello, con uno de los rasgos más característicos del país que aún no había hecho más que abrirme sus puertas. Malasia empezaba a mostrarse ante mí como uno de esos templos —uno de cuantos hay bajo el sol— en que las más desmesuradas orgías tecnológicas pueden tener cabida, y un paraíso para quienes creen ciegamente en la existencia de una relación directamente proporcional entre desarrollo y electrodomésticos. «A más aparatos electrónicos —y a mayor utilización de la mismos—, más desarrollo», parecen querer decir. Repartidos a lo largo y ancho de este mundo, se cuentan por millones los adeptos a esta corriente de pensamiento, altamente cuestionable en mi opinión, pero que sin embargo hoy goza de un excelente estado de salud. Así, si tenemos en cuenta que es fácil toparse en Madrid con un padre de familia que utiliza el coche un domingo por la mañana para acercarse al quiosco de prensa que está frente a su domicilio, o en Barcelona con una quinceañera que efectúa una llamada a través de su teléfono móvil para comunicar a su madre que está justo debajo de casa y que ya sube a reunirse con ella, no nos debe resultar extraño que en Malasia se confundan los lugares públicos con inmensas cámaras frigoríficas para conservar carne humana. «Si alguien ha instalado ese equipo de aire acondicionado, se debe hacer imperiosamente uso de él, durante el mayor tiempo y a la mayor potencia posibles», me temo que piensan.

Era imposible evadirse de los glaciales soplos emitidos desde aquellas rejillas regularmente distribuidas por todo el aeropuerto. Al salir del avión, los pasajeros nos adentramos por un estrecho pasillo que nos condujo a la sala de llegadas. Allí tomamos un tren interior que nos llevó hasta el hall principal, donde nos esperaban los inevitables trámites de control de pasaportes y de recogida de equipaje. Y al final de aquel recorrido estaba la salida, que en realidad no era más que una zona destinada a la espera de autobuses y taxis, tan aislada del exterior como el resto de las instalaciones aeroportuarias, para lograr que el ingreso en el vehículo que va a llevar al viajero al centro urbano se haga sin escapar del poderoso influjo de los sistemas refrigeradores de aire.
El viajero que llega a Malasia por vía aérea da sus primeros pasos en aquel país bajo el efecto protector de las bóvedas que coronan unos pabellones parcialmente ornados con formas geométricas demasiado complejas para ser creíbles. Pero ese mismo pasajero no puede recibir noción alguna del ambiente exterior en ningún momento de su tránsito por aquellas instalaciones, y por ese motivo ansía alcanzar el liberador desamparo de la intemperie cuanto antes, pese a tener la absoluta certeza de que afuera sólo le espera un calor sofocante. Es en el aeropuerto donde uno empieza a familiarizarse con el excesivo celo que en Malasia se pone a la hora de aislar todo espacio cubierto hasta acabar por convertirlo en un espacio microclimático autónomo. Sólo cuando puede pisar por vez primera las calles de Chinatown, ya en el corazón de Kuala Lumpur, tras un breve viaje en autobús o taxi, el viajero toma por fin conciencia de la cruda realidad meteorológica de la capital malaya, agónicamente cálida y húmeda.
El aeropuerto me sirvió como fuente inagotable de experiencias imprevistas e imágenes de imposible asimilación, en las que el más rancio exotismo y la tecnología más innovadora se daban la mano y armonizaban en ambigua y paradójica fusión. Pero, por si aquel primer impacto emocional no hubiera logrado dejarme satisfecho, en el traslado en autobús al centro de la ciudad continuó mi aleccionador recorrido iniciático por esa Malasia que ha sabido hallar un inconmensurable placer en las sobredosis de electrónica.

Por supuesto, en el interior del vehículo tampoco pude librarme del riesgo de quedar hibernado. El aire acondicionado helaba sádicamente a los pasajeros con su continuo soplido, como si mantuviera una sangrienta cruzada contra el intenso calor que en el exterior derretía el asfalto de la autovía.
Durante el corto tramo de la denominada ruta 1 que recorrió el vehículo en que había montado, observé con minuciosidad el paisaje que fugazmente transcurría al otro lado de la ventanilla. A mi izquierda se extendía una interminable sucesión de urbanizaciones acusadamente coquetas, cuyo aspecto externo, tan cotidiano y familiar, hacía que me planteara preguntas retóricas del tipo «¿dónde habré visto esto antes?», propias del viajero que, decepcionado, encuentra a miles de kilómetros de su ciudad de origen aquello que puede contemplar con solo atravesar el umbral de su domicilio, sin necesidad de padecer la espantosa resaca de un colosal cambio horario —eso que los pedantes denominan jet lag—, como la que comenzaba a minar mi organismo, ya de por sí debilitado por los demoledores efectos de un largo desplazamiento.

Aquellos baluartes de la modernidad atalayaban a escasa distancia del arcén el intenso tráfico de automóviles que amenazaba con congestionar de un momento a otro los carriles que permitían el acceso a Kuala Lumpur. Eran pretenciosas edificaciones que me parecieron, a simple vista, las hermanas malayas de las que en España se levantan prudentemente alejadas de los grandes centros urbanos pero convenientemente próximas a las principales vías de acceso a las ciudades. «Lejos, pero cerca», parecen querer decir, tácitos, quienes las construyen y también quienes las habitan, en su mayoría miembros ejemplares de lo que muchos llaman clase media-alta, una expresión que denota tanta ambigüedad como jactancia en quien la emplea al hablar de sí mismo.




(continúa en Crónicas Malayas II)
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Última edición por maurazos; 11-feb-2006 a las 21:34.
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Crónicas Malayas II

AL PRINCIPIO, EL HOMBRE CREÓ EL FRÍO (II)


Resultaba demasiado obvio que aquella carretera de impecable factura iba a ser incapaz de ofrecer nuevas experiencias a alguien que se había criado en las afueras de Madrid. Asistía como privilegiado espectador a una escena que bien podía estar reproduciéndose en las inmediaciones de cualquier gran ciudad española. Inmerso en la paradójica sensación de nostalgia que suele invadir a quien repentinamente se encuentra con sus orígenes estando en realidad muy alejado de ellos, recordaba aquellos emotivos versos del poeta sirio Nizar Kabbani, que demuestran que la morriña no pertenece exclusivamente a los escasos pueblos que han sabido convertirla en un tópico más de su ya mitificada —y con frecuencia mistificada— idiosincrasia, sino que es patrimonio de la humanidad entera:

Por las calles de Córdoba a menudo
me he metido la mano en el bolsillo
para sacar la llave de mi casa en Damasco.


Y al pasar junto a un grupo de viviendas bajas que guardaba una asombrosa similitud con los adosados del Sector 3 de Getafe, me sentí contagiado por el efecto Kabbani, y a punto estuve de gritar al conductor: «¡Pare, jefe, que voy a hacerle una visita a un colega de la mili!».

Sólo los densos palmerales que, muy de vez en cuando, se interponían entre las urbanizaciones, añadían una tímida pincelada de exotismo a aquel paisaje que desprendía un insoportable hedor a fin de milenio. Recordaba aquella estrofa cegado por una placentera embriaguez de añoranza muy similar a la que sin duda habría sentido el apreciado poeta árabe al pasearse por Córdoba.

Pero no todo eran alineaciones de viviendas ya construidas. También abundaban los solares donde pronto se construirían nuevas hileras de chalés. Eran amplios espacios vacíos ganados a la jungla por la devastadora acción de las máquinas excavadoras. Eran enormes descampados desprovistos de toda identidad, ambiguos terrenos que se erigían en franjas fronterizas destinadas a separar, con implacable rotundidad, la Malasia selvática de la Malasia asfáltica; la inmensa reserva de recursos naturales, del paraíso de los materiales sintéticos; la vida rural entendida como testimonio inconveniente —y por ende exterminable— de un pasado excesivamente próximo al presente, de la vida urbana concebida como paradigma del universalmente idolatrado estado del bienestar. Entendí que aquellas llanuras, hoy yermas, eran el caldo de cultivo sobre el que mañana se alzarán, sin provocar vergüenza en casi nadie, los nuevos homenajes arquitectónicos al feísmo, dirigidos a los nuevos adeptos al culto del Dios Progreso.

Casi sin darme cuenta, el autobús había hecho su entrada en Kuala Lumpur, recibido por una lluvia violenta, copiosa e incesante, que regaba generosamente las calles sin presumible solución de continuidad. Me apeé del autobús en la segunda de las paradas programadas: la que me dejaba en pleno corazón de Chinatown, en la animada Jalan Sultan, justo frente al Swiss Inn, uno de esos hoteles que para bolsillos anémicos como el mío representan una alegoría de lo prohibido. Tuve que conformarme con contemplar el estilo funcional de su fachada, y a continuación, caminé apresuradamente hacia Jalan Silang, que es la calle donde se concentran los albergues y pensiones más económicos de Kuala Lumpur. En mi paseo, mientras la torrencial lluvia me regaba con impertinente constancia, tuve la ocasión de pasar frente a Metrojaya, un importante y bullicioso centro comercial. La vida crecía en intensidad a medida que me aproximaba a sus puertas; abundantes masas que salían y entraban del edificio con extrema calma, una actitud que no encajaba demasiado con el frenesí del chaparrón. También hacían gala de un envidiable estoicismo quienes aguardaban la llegada de algún autobús en una pequeña terminal de líneas urbanas; incluso aquellos pasajeros que no se hallaban bajo el amparo de las saturadas marquesinas soportaban indolentemente la espera. Esa brutal violencia con que las gruesas gotas de lluvia impactaban contra el pavimento, tan extraordinaria y amedrentadora para mí, era recibida por los transeúntes con admirable resignación, y hasta con una cierta dignidad; ellos veían en aquel desatado furor natural una obvia e ineludible realidad cotidiana.

Ingresé en Jalan Silang, y escogí al azar uno de los tres alojamientos que se alineaban en la acera de mi izquierda. Pasaría mi primera noche en el Travellers’ Moon Lodge, un modesto y algo destartalado hotel para trotamundos. Un alegre y servicial matrimonio indio me esperaba al final de una inacabable escalera que, con una onerosa mochila adosada a la espalda, se convertía en un improvisado y ascendente vía crucis. Las paredes de la recepción estaban empapeladas con postales y fotografías que habían ido enviando algunos de los antiguos huéspedes. El aspecto general que presentaba el hotel, mugriento y gravemente deteriorado, no logró despertar en mí entusiasmo alguno, pero leyendo aquellos agradecidos —y supuestamente sinceros— mensajes de los viajeros, que sólo conservaban gratos recuerdos de su estancia en el Moon Lodge, deduje que, como sucede en tantas ocasiones, las apariencias engañaban, y que aquél era el lugar idóneo para iniciarme en el arte de buscar el alojamiento adecuado en Malasia, un país donde una nefasta imagen siempre se va a ver compensada con un trato amable, halagüeño y humano; donde el viajero nunca verá mancillada su dignidad porque siempre será contemplado como algo más que un bien semoviente o un obsceno fajo de dólares dotado de extremidades.
La mujer, doblemente elegante por su sari colorido y su inmutable, enigmática sonrisa, me lanzó el interrogante que suele acompañar a toda solicitud de ingreso en un hotel: «¿Habitación individual o compartida?». Como no me preguntó si quería un cuarto con ducha, deduje que el baño tendría que ser, ineludiblemente, colectivo. A continuación, me ofreció dos precios: el de inferior cuantía correspondía a una habitación dotada con un rudimentario ventilador de techo, mientras que la cantidad más elevada me permitía pasar una noche en una estancia con aire acondicionado. Una vez más, la tecnología del frío se mostró ante mí como un inequívoco signo de distinción social en Malasia, una teoría que pude ver confirmada en noches venideras, mientras vagaba de cama en cama por todo el país. No había hotel que no jerarquizara sus aposentos en función de la calidad y eficacia de los sistemas de refrigeración instalados en ellos.

Mi irrisoria capacidad económica y la brutal sobredosis de aire acondicionado que había recibido durante el día fueron determinantes en mi elección; opté por ocupar una habitación con ventilador. Mis dominios, limitados por cuatro delgadas y endebles paredes de contrachapado, contaban con un mobiliario tan escaso como destartalado. Presidía la estancia una gigantesca cama, de esas que incitarían a uno a declararse recalcitrante defensor de la poligamia si estuviesen revestidas con sábanas de nuclear blancura; pero no era el caso. A la izquierda de su cabecera, había una mesilla salpicada con quemaduras de cigarrillos, que se mostró avara cuando traté de depositar sobre su superficie algunas de mis pertenencias. Una ventana de vano mínimo y cristal fracturado se asomaba con timidez al bullicioso tráfico que circulaba por Jalan Silang ajeno a la torrencial lluvia. El agua penetraba en mi habitación con la firmeza del más poderoso invasor a través de las grietas dibujadas en el cristal. Bajo la cama se formó un charco de considerable envergadura pero inocuo en su apariencia, que provocó en mí más curiosidad que alarma.

Amilanado por el estruendoso aparato eléctrico de la sempiterna tormenta, y derrotado por la maratoniana fatiga que me había proporcionado un día completo de desplazamientos, caí fulminado sobre aquel colchón moteado con sospechosas manchas amarillentas. Sin haber concedido a mi cuerpo el placer de una cena y la tonificante recompensa de un paseo nocturno por las calles de Kuala Lumpur, sin ni tan siquiera despojarme del calzado ni haberme cepillado la dentadura, me quedé mansamente dormido, plácidamente arrullado por el suave silbido de la liviana brisa emitida por el ventilador de techo que con lenta cadencia agitaba sus aspas sobre mi cabeza. Con el sigilo propio de una muerte súbita e inesperada, mi primer día en Malasia se había mudado definitivamente a los dominios del pasado.
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Crónicas Malayas III

PRIMERA SINFONÍA DE KUALA LUMPUR: CHINATOWN

Es muy probable que quien vaya a visitar Kuala Lumpur por primera vez piense que en esa ciudad va a darse de bruces contra una cruel alegoría urbana del caos. Pero, tras haberse sumergido en el bullicio de sus calles, y después de haber adaptado el sistema respiratorio al manto gaseoso envolvente y su anestésica combinación de calor, humedad y monóxido de carbono, el viajero quedará asombrado al comprobar que la capital malaya es, en realidad, una genial sinfonía capaz de fusionar en armoniosa magia tonal una infinidad de sonidos que por sí solos no serían más que torturadoras perturbaciones acústicas, insufribles incluso para el más indulgente de los tímpanos.

Aquella mañana me desperté más tarde de lo que hubiera querido, pero el organismo me estaba reclamando el descanso que se merecía, así que era mejor acceder a sus justas reivindicaciones antes de que acabara por declararse en huelga indefinida. Ni las densas hordas de mosquitos que habían tapizado mi piel con abultados habones, tras una noche de sanguínea bacanal, consiguieron robarme la dulzura de las fases más profundas del sueño. Osé tomar una ducha en el nauseabundo espacio colectivo que en el hostal habían destinado al aseo de los huéspedes. Furibundas bandas de cucarachas correteaban de un extremo a otro del cuarto de baño y fétidos olores emanaban de las rancias cañerías, pero, no podía ser de otra manera, al regresar a la habitación mi mirada se cruzó en el pasillo con la reconfortante sonrisa de aquella mujer hindú, mi anfitriona. Simpatía y amabilidad fueron los eficaces antídotos que me hicieron olvidar al instante los lances que poco antes había tenido que entablar con las cucarachas.

Abandoné momentáneamente el entrañable Travellers’ Moon Lodge y me disolví, como un elemento más del paisaje urbano, en una Chinatown que hervía de rejuvenecedora vitalidad, de enérgico y bullicioso dinamismo. Y entonces fue cuando comenzó a disiparse aquella horrenda, antipática y estúpida imagen onírica que tenía de Kuala Lumpur, y que había ido forjando en el transcurso de los años, no tanto a través de documentadas lecturas, como de deformadas opiniones orales emanadas de los viajeros del tópico, aquéllos que conciben el Sureste Asiático como una edénica sucesión de playas vírgenes bañadas por diáfanas aguas; una densa concentración de sobrecogedoras selvas y miríficos parques naturales; y una inagotable lista de minorías étnicas, cada cual más aislada de las restantes y más al margen de la ley que implacablemente dicta el ineludible transcurso del tiempo.

Cuando un viaje a tierras asiáticas se concibe como una obsesiva cacería de imágenes representativas de estas tres atracciones, que rara vez suelen tener por escenario los grandes espacios urbanos, la ciudad se convierte, a ojos del visitante, en el lugar indeseado e indeseable, donde se dan la mano en pérfida conspiración todos los elementos que, sin duda, aguarán la fiesta al devoto de la naturaleza sin pulir y de los grupos humanos incomunicados; al fetichista de lo rural que —¡oh, paradojas!— suele consumir más de trescientos días al año en cualquier gran metrópoli del planeta, donde convivirá —más bien coexistirá— con otros semejantes cuyas pautas de comportamiento en poco o en nada diferirán de las suyas.

Si me hubiera dejado llevar por los consejos de quienes ya habían estado en Malasia, al amanecer me habría dirigido apresuradamente a la estación de Puduraya para tomar el primer autobús que partiera rumbo a cualquiera de esas mecas turísticas; habría obviado a Kuala Lumpur, que de esa manera se habría convertido en un intrascendente portal de acceso al país, y mi paso por él habría sido fugaz y evanescente, tan indeseado como inevitable. Y habría incurrido en un grave error; el mismo que había cometido una y otra vez en mis anteriores viajes, con obstinada reincidencia; un error propio de quien viaja con un equipaje saturado de documentación, una memoria infectada por comentarios de terceros, y una mente desprovista de opiniones propias.

Pero en esta ocasión pretendía ser fiel a unas pequeñas normas que me había impuesto antes de emprender el viaje. Recordaba una de ellas: en todo momento tratarás de ser tú mismo, pues sólo este comportamiento permitirá que tu viaje sea una experiencia única e irrepetible; que cada momento vivido en tu transitar rezume irrefutables evidencias de tu autoría. Ese «tratar de ser uno mismo» implicaba sumergirse en aquellos aspectos del lugar visitado que se hallaran más próximos al viajero, sin dejarse llevar por modas pasajeras o por fórmulas extraídas de cualquier guía de bíblicas pretensiones. Quien quiera llegar a encontrarse viajando, deberá vagar afanosamente por los caminos hasta dar con aquello que lo vincule de por vida, en solidaria adherencia, a la tierra que lo acoge en su seno.

En mi caso, sólo soy capaz de lograr esa cohesión con el país visitado tras haber conocido sus principales centros urbanos. Ello tan solo es debido a que a lo largo de mi aún corta vida únicamente he residido en grandes ciudades; en cambio, nunca he pasado más de quince días consecutivos en el medio rural. Jamás pude —ni quise, he de decir— vivir en el campo. Y es esa naturaleza de ciudadano nato la que me ha facultado para descubrir los rasgos emblemáticos de cada urbe, aquellos que convierten a cada ciudad en un ente provisto de temperamento propio. Pero es también esa misma condición de bestia de jungla asfáltica la que me permite afirmar, sin el menor rubor, que sólo soy un insignificante miembro más de una cultura urbana universal cuyos protagonistas repiten obstinadamente, en cada esquina del planeta, los mismos esquemas e iguales pautas de comportamiento, sin que las distancias o las diferencias lingüísticas supongan un obstáculo infranqueable. Valga el siguiente ejemplo para ilustrar lo que pretendo transmitir: es fácil observar cómo cualquier barcelonés, madrileño, sevillano o valenciano puede llegar a entender sin excesivos esfuerzos el tipo de vida que llevan los habitantes de ciudades tan remotas como Tokyo, Singapur, Sydney o Chicago; y sin embargo, resulta sorprendente comprobar cómo muchos de esos devotos ibéricos del asfalto, capaces de comprender sin dificultad a sus correligionarios del otro lado del globo terráqueo, observan, con la perplejidad y admiración que merece lo insólito, las actividades, los comportamientos y las opiniones de los paisanos que habitan las sierras que se levantan a escasos kilómetros de las grandes localidades españolas.
Las ciudades malayas estaban llamadas a ser los escenarios fundamentales de mis correrías, dado que en ellas podría encontrar aquellos aspectos que permitieran aproximarme más a Malasia. Tal vez no sea lo más correcto en un viajero, pero allá donde voy incurro irremediablemente en la práctica de fijarme con un acusado interés en las semejanzas existentes entre mis anfitriones y yo, y no tanto en los sutiles detalles, las minúsculas dosis de exotismo que hacen que los unos nos sintamos tan diferentes a los otros. Aunque me equivoque —o pretendan hacerme creer que estoy equivocado— no dejaré de entender a las culturas como líneas que, pese a dibujar distintas trayectorias, inevitablemente acabarán convergiendo en un único punto, un lugar común de encuentro donde será posible el entendimiento recíproco entre todas ellas. Esa encrucijada se ve materializada en las ciudades; y aunque en ellas no siempre reine la deseada cordialidad entre las culturas, sólo allí pueden darse cita todas esas posibles maneras de entender la vida.

A la luz de lo expuesto, es obvio que sólo acudiendo a las ciudades puedo ser coherente con mi propia condición. Me di cuenta de ello esa misma mañana, mientras caminaba por la concurrida Jalan Cheng Lock, puerta de acceso al corazón de Chinatown. Allí me sentí absorbido por una vibrante y heterogénea muchedumbre, que actuaba como una espesa lengua de magma humano que me arrastraba a su antojo en su incierto transcurrir, y hacía que me sintiera soluble, dúctil, domeñable. Hechizado por la encantadora danza ritual que desarrollaba en torno a mí aquella interminable procesión de motocicletas, deambulaba, sin prisa pero sin pausa, por unas calles donde los semáforos y los pasos de cebra parecían ser considerados como meros ornamentos, y no como expresiones gráficas o lumínicas de una ley.

Fue entonces cuando, extasiado por aquella eclosión de vida, me pareció inadmisible centrar mi viaje a Malasia en la visita a centros de buceo, parques nacionales, o incorruptas etnias de sempiternas tradiciones. Empezaba a sospechar que ninguna de esas tres realidades poseería el atractivo suficiente para eclipsar el irresistible y embrujador caos ordenado de la Malasia urbana. Y aunque al final pasé sumisamente por el aro y sucumbí en más de una ocasión al recio y sobrio encanto de lo rural y lo salvaje —un viaje a Malasia exclusivamente centrado en el lado urbano de este país no hubiera dicho mucho de mí ni de mi cociente intelectual—, el resultado final de mi vagabundeo fue, a grandes rasgos, un periplo por las principales aglomeraciones malayas, con principio y fin en el principal engendro urbano del país: la deliciosamente inabarcable Kuala Lumpur.
Y allí, en medio de aquel torbellino de vida, me encontraba yo, eufórico y pletórico de energía, no sólo por el regenerador y prolongado reposo nocturno —que sin duda contribuyó—, sino también por el hecho de estar aún en los preámbulos de mi viaje, esa temprana fase en que toda anécdota —incluso la que en otras circunstancias pudiera resultar desagradable— no hace sino provocar en el trotamundos la sensación de inextinguible éxtasis ante el incesante acopio de nuevas percepciones.
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Crónicas Malayas IV

PRIMERA SINFONÍA DE KUALA LUMPUR: CHINATOWN (y II)

Caminaba bajo ristras de globos de papel rojo que engalanaban buena parte de las calles del barrio sobre las que habían sido disciplinadamente colgadas. Era grato desplazarse al ritmo del ameno vaivén que el cosquilleo de la leve brisa matinal imprimía sobre aquellos simpáticos adornos callejeros. Pese a no detener mi marcha, mis oídos no escapaban a la sinfonía de infinitas proporciones que se interpretaba en aquellas calles, como una improvisada combinación de sonidos y voces humanas que me envolvía con su genial virtuosismo capaz de extraer armonía del caos que aparentemente enseñoreaba aquel distrito. Disfrutaba con cada uno de los movimientos de la pieza; estaba plenamente embriagado por ella y ya no era dueño de mis propios pasos; sólo la sinfonía poseía las riendas de mi destino más inmediato, el que me aguardaba al doblar la siguiente esquina, y dirigía mi caminar con su elegante pero irregular superposición de sonidos y su arrítmica combinación de notas.

Pero el espectáculo no acababa en la formidable banda sonora que concedía a la ciudad un ambiente pleno de magia y le aportaba los ingredientes acústicos necesarios para llegar a ser uno de los escenarios más míticos de la historia del cine; los intérpretes de aquella composición musical también merecían la atención del forastero. Ellos, los habitantes de Kuala Lumpur, eran miembros de una habilidosa, original, atípica orquesta sinfónica capaz de hilvanar con maestría los pasajes de una pieza improvisada, y transmitían al espectador una reconfortante sensación de autonomía y libertad, tal vez la misma que ellos disfrutaban al no hallarse supeditados a directores imperiosos provistos de fálicas batutas, ni al maternal apoyo de las partituras. Las batutas y las partituras, esos sacrosantos fetiches occidentales de la seguridad y el bienestar, sin los que nuestras ciudades serían lugares inhabitables —y las más de las veces, aun con ellos, lo son—, quedaban degradadas a la categoría de ridículos idolillos en aquella parte del mundo. Cada personaje era un indispensable engranaje para el correcto funcionamiento de una maquinaria que mostraba en sus tenues, moribundas y húmedas oleadas de calor la incontestable evidencia de su energía inagotable.
Náufrago en el corazón de una de las Chinatowns menos china del orbe —ya explicaré por qué—, flotaba en aquel denso caldo de cultivo donde pululaban los salubres virus de la diversidad y de la tolerancia, tan obvios e inevitables en Kuala Lumpur como los bacilos de la gripe en el aire helado de los inviernos europeos. En solidaria armonía con el entorno, cada transeúnte participaba en la bulliciosa escena como un participante más; pero, al mismo tiempo, todos ellos estaban investidos con la incomparable dignidad de que disfruta quien se siente individuo entre la anónima masa, como si gozara de plena inmunidad ante ese igualador rasero que en ocasiones puede llegar a ser la rutinaria vida urbana.

Por las animadas calles de aquel barrio circulaban apresurados algunos representantes de los grupos humanos que conforman aquella intrincada y vaporosa aglomeración de gentes. Los chinos, lógicamente, predominaban sobre todos los demás transeúntes, pero su presencia se veía enriquecedoramente complementada con el paso de otros majestuosos ejemplares de la compleja y fascinante fauna urbana de Kuala Lumpur, incluidos los numerosos turistas que recorren a diario las calles de esta zona de la capital malaya.

Al menos aparentemente, nadie sobraba en Chinatown. Ni en el resto de Kuala Lumpur. La ciudad se erguía como una monumental obra, inconclusa y colectiva, que agradecía honestamente toda aportación, toda generosa voluntad de contribuir a enriquecer lo ya existente. No me encontraba paseando por las calles de una ciudad como las que con aristócrata orgullo se alzan a lo largo del litoral mediterráneo. Sería desacertado definir a Kuala Lumpur como una «ciudad palimpsesto», título que la genialidad de Juan Goytisolo supo conceder juiciosamente a la Estambul que arrancó de la pluma del novelista buena parte de sus más brillantes textos viajeros. El alma de Kuala Lumpur se halla en las antípodas del Mediterráneo, pese a que las apariencias superficiales puedan llevar a creer lo contrario. Las ciudades de nuestro, valga la redundancia, Mare Nostrum, muestran a quien se acerca a ellas, en desmesuradas dosis de arrogancia y vergüenza, las huellas indelebles de un pasado tan turbulento como fascinante y egregio. Son poderosos generadores de historia; han asistido al paso de innumerables pueblos y a sus obsesivos y devastadores propósitos de aniquilar todo vestigio de quienes llegaron antes, aunque son raras las ocasiones en que se han visto culminadas tan ignominiosas acciones, porque siempre pudo perdurar algún testigo de lo que se quiso pero no se pudo eliminar; algo que pudo salvarse de la quema y que hoy se exhibe ante el viajero como proverbial superviviente a los infamantes lavados de cara urbanísticos.

Pero Kuala Lumpur no parecía conocer aquellas humillantes operaciones de limpieza cultural. Bastaban unos pocos minutos de observación para comprender que la ciudad por la que paseaba difería del modelo urbano que hemos conocido los que en algún momento de nuestra infancia fuimos arrullados por el sosegador susurro del oleaje mediterráneo. Si Kuala Lumpur fuera un documento, no sería el goytisoliano palimpsesto, sino el prosaico libro de visitas que uno puede encontrar a la salida de muchos museos, y en cuyas páginas quedan registrados todos los comentarios, positivos o negativos, que deseen añadir los visitantes, quienes demostrarán poseer una bochornosa candidez si presumen que en el futuro alguien perderá su tiempo en leer los mensajes y recibirá el aleccionador influjo de sus contenidos.

No había figurantes en las escenas de aquella ciudad; todos aquellos seres eran algo protagonistas y tenían alguna historia que contar o algo que hacer, aunque el resto de sus conciudadanos no manifestara un gran interés en el resultado de sus acciones o en el contenido de sus palabras. Las calles de Kuala Lumpur desprendían ese inconfundible aroma a tolerante diversidad del que sólo las aglomeraciones urbanas más dignas del mundo pueden hacer gala con justificado orgullo.
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Porque considero que éste es el lugar adecuado, reproduzco aquí la contestación que he dado a Nilo, que preguntaba en un off-topic sobre la isla de Borneo:

Cita:
Iniciado por maurazos

Bilbo ha estado en Kalimantan, que es exactamente la parte de Borneo que yo no conozco (aunque todo se andará... ). Yo donde estuve fue en los dos estados malayos de la isla (Sarawak y Sabah) y también en Brunei Darussalam, la tercera de las naciones que se reparten esta enorme isla.

Estuve allá por el año 2000, cuando vivía y trabajaba en Malasia (vivía en la parte peninsular del país, pero hice una visita a Borneo). Hice un recorrido por carretera y barco desde Kuching a Kota Kinabalu (que son las capitales de Sarawak y Sabah respectivamente).

Salí de Kuching en autobús hasta Bintulu, donde dormí y desde allí me dirigí a Batu Niah, unas legendarias cuevas donde se pueden ver las tradicionales "longhouses", viviendas comunales de los iban (la etnia local).

De Batu Niah continué mi recorrido y llegué a Miri, en la frontera con Brunei: nada que ver allá, porque Miri es una especie de lugar de recreo de muchos bruneianos, que pasan a Malasia para comprar más barato y divertirse por poco dinero.

De Miri tomé otro autobús a Bandar Seri Begawan, la capital de Brunei, donde estuve viendo la famosa mezquita mayor, uno de los palacios del sultán (que es uno de los hombres más ricos del mundo y uno puede flipar con lo que ve allá), y el famoso barrio de casas levantadas sobre las aguas mediante estructuras de madera, y que ya describiera Antonio Pigafetta en el siglo XVI en su crónica de la primera vuelta al mundo (la de Juan Sebastián Elcano y que no pudo acabar Magallanes).

Estuve un par de días en Brunei y después tomé un autobús de Bandar Seri Begawan al puerto de Muara, donde se coge un ferry para llegar a la pequeña isla de Labuan, que pertenece a Malasia, donde hay playas paradisíacas (en toda Malasia las hay) e importantes yacimientos petrolíferos, razón por la que Labuan no pertenece a ningún estado de la federación malaya, sino a toda la federación: es territorio federal, controlado directamente por Kuala Lumpur.

Al día siguiente, nuevo ferry de Labuan a Kota Kinabalu, donde me quedé dos semanas y usé como base para hacer visitas a los alrededores: el Parque Nacional de Tunku Abdulramán (un archipiélago de pequeñas islas de gran belleza por sus playas, sus selvas y su vida marina), el recorrido en tren de Beaufort a Tenom (única línea ferroviaria de la isla de Borneo, y que atraviesa zonas de selva de verdadero encanto y permite el contacto con miembros de algunas de las etnias locales, que viajan en el tren y hablan con el viajero, porque la simpatía está bien presente en estas tierras) y, sobre todo, la ascensión al Monte Kinabalu, el techo del Sureste Asiático, con 4.100 metros de altura: si visitas un solo lugar en Borneo, tiene que ser éste.

Y como digo, por esas tierras no te vas a sentir solo ni te vas a aburrir, porque es muy fácil hacer amigos. Bilbo confirma lo que pienso cuando me dice que en Kalimantan conoció a su novia. Yo no conocí a mi novia pero sí establecí muchas amistades que hoy, cinco años después, mantengo. De hecho, en diciembre de 2004 volví a aquellas tierras, para asistir a Kota Kinabalu a la boda de una de aquellas personas que había conocido en aquel viaje. Y aproveché la ocasión para viajar a la costa pacífica del estado de Sabah, así que estuve en Sandakan (una ciudad más modesta que Kota Kinabalu y con menos servicios, pero con gente mucho más amable aún, lo que ya es difícil) y en el famoso Parque Nacional de Sepilok, que es una de las mayores reservas mundiales de orangutanes.

No tengo muchas fotos de Borneo en la web y no puedo subir más porque no las tengo conmigo en este momento, pero, por si las quieres ver, ahí van 4 estampas de esta isla:

http://maurazos.ojodigital.net/thumbnails.php?album=3

Espero que te haya sido de ayuda. Un saludo.
__________________
Todas las imágenes son mentiras. La ausencia de imagen también lo es.
Gao Xingjian


Ser es ser fotografiado.
Jorge Luis Borges
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