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Malasia
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Crónicas Malayas II
AL PRINCIPIO, EL HOMBRE CREÓ EL FRÍO (II)
Resultaba demasiado obvio que aquella carretera de impecable factura iba a ser incapaz de ofrecer nuevas experiencias a alguien que se había criado en las afueras de Madrid. Asistía como privilegiado espectador a una escena que bien podía estar reproduciéndose en las inmediaciones de cualquier gran ciudad española. Inmerso en la paradójica sensación de nostalgia que suele invadir a quien repentinamente se encuentra con sus orígenes estando en realidad muy alejado de ellos, recordaba aquellos emotivos versos del poeta sirio Nizar Kabbani, que demuestran que la morriña no pertenece exclusivamente a los escasos pueblos que han sabido convertirla en un tópico más de su ya mitificada —y con frecuencia mistificada— idiosincrasia, sino que es patrimonio de la humanidad entera: Por las calles de Córdoba a menudo me he metido la mano en el bolsillo para sacar la llave de mi casa en Damasco. Y al pasar junto a un grupo de viviendas bajas que guardaba una asombrosa similitud con los adosados del Sector 3 de Getafe, me sentí contagiado por el efecto Kabbani, y a punto estuve de gritar al conductor: «¡Pare, jefe, que voy a hacerle una visita a un colega de la mili!». Sólo los densos palmerales que, muy de vez en cuando, se interponían entre las urbanizaciones, añadían una tímida pincelada de exotismo a aquel paisaje que desprendía un insoportable hedor a fin de milenio. Recordaba aquella estrofa cegado por una placentera embriaguez de añoranza muy similar a la que sin duda habría sentido el apreciado poeta árabe al pasearse por Córdoba. Pero no todo eran alineaciones de viviendas ya construidas. También abundaban los solares donde pronto se construirían nuevas hileras de chalés. Eran amplios espacios vacíos ganados a la jungla por la devastadora acción de las máquinas excavadoras. Eran enormes descampados desprovistos de toda identidad, ambiguos terrenos que se erigían en franjas fronterizas destinadas a separar, con implacable rotundidad, la Malasia selvática de la Malasia asfáltica; la inmensa reserva de recursos naturales, del paraíso de los materiales sintéticos; la vida rural entendida como testimonio inconveniente —y por ende exterminable— de un pasado excesivamente próximo al presente, de la vida urbana concebida como paradigma del universalmente idolatrado estado del bienestar. Entendí que aquellas llanuras, hoy yermas, eran el caldo de cultivo sobre el que mañana se alzarán, sin provocar vergüenza en casi nadie, los nuevos homenajes arquitectónicos al feísmo, dirigidos a los nuevos adeptos al culto del Dios Progreso. Casi sin darme cuenta, el autobús había hecho su entrada en Kuala Lumpur, recibido por una lluvia violenta, copiosa e incesante, que regaba generosamente las calles sin presumible solución de continuidad. Me apeé del autobús en la segunda de las paradas programadas: la que me dejaba en pleno corazón de Chinatown, en la animada Jalan Sultan, justo frente al Swiss Inn, uno de esos hoteles que para bolsillos anémicos como el mío representan una alegoría de lo prohibido. Tuve que conformarme con contemplar el estilo funcional de su fachada, y a continuación, caminé apresuradamente hacia Jalan Silang, que es la calle donde se concentran los albergues y pensiones más económicos de Kuala Lumpur. En mi paseo, mientras la torrencial lluvia me regaba con impertinente constancia, tuve la ocasión de pasar frente a Metrojaya, un importante y bullicioso centro comercial. La vida crecía en intensidad a medida que me aproximaba a sus puertas; abundantes masas que salían y entraban del edificio con extrema calma, una actitud que no encajaba demasiado con el frenesí del chaparrón. También hacían gala de un envidiable estoicismo quienes aguardaban la llegada de algún autobús en una pequeña terminal de líneas urbanas; incluso aquellos pasajeros que no se hallaban bajo el amparo de las saturadas marquesinas soportaban indolentemente la espera. Esa brutal violencia con que las gruesas gotas de lluvia impactaban contra el pavimento, tan extraordinaria y amedrentadora para mí, era recibida por los transeúntes con admirable resignación, y hasta con una cierta dignidad; ellos veían en aquel desatado furor natural una obvia e ineludible realidad cotidiana. Ingresé en Jalan Silang, y escogí al azar uno de los tres alojamientos que se alineaban en la acera de mi izquierda. Pasaría mi primera noche en el Travellers’ Moon Lodge, un modesto y algo destartalado hotel para trotamundos. Un alegre y servicial matrimonio indio me esperaba al final de una inacabable escalera que, con una onerosa mochila adosada a la espalda, se convertía en un improvisado y ascendente vía crucis. Las paredes de la recepción estaban empapeladas con postales y fotografías que habían ido enviando algunos de los antiguos huéspedes. El aspecto general que presentaba el hotel, mugriento y gravemente deteriorado, no logró despertar en mí entusiasmo alguno, pero leyendo aquellos agradecidos —y supuestamente sinceros— mensajes de los viajeros, que sólo conservaban gratos recuerdos de su estancia en el Moon Lodge, deduje que, como sucede en tantas ocasiones, las apariencias engañaban, y que aquél era el lugar idóneo para iniciarme en el arte de buscar el alojamiento adecuado en Malasia, un país donde una nefasta imagen siempre se va a ver compensada con un trato amable, halagüeño y humano; donde el viajero nunca verá mancillada su dignidad porque siempre será contemplado como algo más que un bien semoviente o un obsceno fajo de dólares dotado de extremidades. La mujer, doblemente elegante por su sari colorido y su inmutable, enigmática sonrisa, me lanzó el interrogante que suele acompañar a toda solicitud de ingreso en un hotel: «¿Habitación individual o compartida?». Como no me preguntó si quería un cuarto con ducha, deduje que el baño tendría que ser, ineludiblemente, colectivo. A continuación, me ofreció dos precios: el de inferior cuantía correspondía a una habitación dotada con un rudimentario ventilador de techo, mientras que la cantidad más elevada me permitía pasar una noche en una estancia con aire acondicionado. Una vez más, la tecnología del frío se mostró ante mí como un inequívoco signo de distinción social en Malasia, una teoría que pude ver confirmada en noches venideras, mientras vagaba de cama en cama por todo el país. No había hotel que no jerarquizara sus aposentos en función de la calidad y eficacia de los sistemas de refrigeración instalados en ellos. Mi irrisoria capacidad económica y la brutal sobredosis de aire acondicionado que había recibido durante el día fueron determinantes en mi elección; opté por ocupar una habitación con ventilador. Mis dominios, limitados por cuatro delgadas y endebles paredes de contrachapado, contaban con un mobiliario tan escaso como destartalado. Presidía la estancia una gigantesca cama, de esas que incitarían a uno a declararse recalcitrante defensor de la poligamia si estuviesen revestidas con sábanas de nuclear blancura; pero no era el caso. A la izquierda de su cabecera, había una mesilla salpicada con quemaduras de cigarrillos, que se mostró avara cuando traté de depositar sobre su superficie algunas de mis pertenencias. Una ventana de vano mínimo y cristal fracturado se asomaba con timidez al bullicioso tráfico que circulaba por Jalan Silang ajeno a la torrencial lluvia. El agua penetraba en mi habitación con la firmeza del más poderoso invasor a través de las grietas dibujadas en el cristal. Bajo la cama se formó un charco de considerable envergadura pero inocuo en su apariencia, que provocó en mí más curiosidad que alarma. Amilanado por el estruendoso aparato eléctrico de la sempiterna tormenta, y derrotado por la maratoniana fatiga que me había proporcionado un día completo de desplazamientos, caí fulminado sobre aquel colchón moteado con sospechosas manchas amarillentas. Sin haber concedido a mi cuerpo el placer de una cena y la tonificante recompensa de un paseo nocturno por las calles de Kuala Lumpur, sin ni tan siquiera despojarme del calzado ni haberme cepillado la dentadura, me quedé mansamente dormido, plácidamente arrullado por el suave silbido de la liviana brisa emitida por el ventilador de techo que con lenta cadencia agitaba sus aspas sobre mi cabeza. Con el sigilo propio de una muerte súbita e inesperada, mi primer día en Malasia se había mudado definitivamente a los dominios del pasado.
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Todas las imágenes son mentiras. La ausencia de imagen también lo es. Gao Xingjian Ser es ser fotografiado. Jorge Luis Borges |
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Crónicas Malayas III
PRIMERA SINFONÍA DE KUALA LUMPUR: CHINATOWN
Es muy probable que quien vaya a visitar Kuala Lumpur por primera vez piense que en esa ciudad va a darse de bruces contra una cruel alegoría urbana del caos. Pero, tras haberse sumergido en el bullicio de sus calles, y después de haber adaptado el sistema respiratorio al manto gaseoso envolvente y su anestésica combinación de calor, humedad y monóxido de carbono, el viajero quedará asombrado al comprobar que la capital malaya es, en realidad, una genial sinfonía capaz de fusionar en armoniosa magia tonal una infinidad de sonidos que por sí solos no serían más que torturadoras perturbaciones acústicas, insufribles incluso para el más indulgente de los tímpanos. Aquella mañana me desperté más tarde de lo que hubiera querido, pero el organismo me estaba reclamando el descanso que se merecía, así que era mejor acceder a sus justas reivindicaciones antes de que acabara por declararse en huelga indefinida. Ni las densas hordas de mosquitos que habían tapizado mi piel con abultados habones, tras una noche de sanguínea bacanal, consiguieron robarme la dulzura de las fases más profundas del sueño. Osé tomar una ducha en el nauseabundo espacio colectivo que en el hostal habían destinado al aseo de los huéspedes. Furibundas bandas de cucarachas correteaban de un extremo a otro del cuarto de baño y fétidos olores emanaban de las rancias cañerías, pero, no podía ser de otra manera, al regresar a la habitación mi mirada se cruzó en el pasillo con la reconfortante sonrisa de aquella mujer hindú, mi anfitriona. Simpatía y amabilidad fueron los eficaces antídotos que me hicieron olvidar al instante los lances que poco antes había tenido que entablar con las cucarachas. Abandoné momentáneamente el entrañable Travellers’ Moon Lodge y me disolví, como un elemento más del paisaje urbano, en una Chinatown que hervía de rejuvenecedora vitalidad, de enérgico y bullicioso dinamismo. Y entonces fue cuando comenzó a disiparse aquella horrenda, antipática y estúpida imagen onírica que tenía de Kuala Lumpur, y que había ido forjando en el transcurso de los años, no tanto a través de documentadas lecturas, como de deformadas opiniones orales emanadas de los viajeros del tópico, aquéllos que conciben el Sureste Asiático como una edénica sucesión de playas vírgenes bañadas por diáfanas aguas; una densa concentración de sobrecogedoras selvas y miríficos parques naturales; y una inagotable lista de minorías étnicas, cada cual más aislada de las restantes y más al margen de la ley que implacablemente dicta el ineludible transcurso del tiempo. Cuando un viaje a tierras asiáticas se concibe como una obsesiva cacería de imágenes representativas de estas tres atracciones, que rara vez suelen tener por escenario los grandes espacios urbanos, la ciudad se convierte, a ojos del visitante, en el lugar indeseado e indeseable, donde se dan la mano en pérfida conspiración todos los elementos que, sin duda, aguarán la fiesta al devoto de la naturaleza sin pulir y de los grupos humanos incomunicados; al fetichista de lo rural que —¡oh, paradojas!— suele consumir más de trescientos días al año en cualquier gran metrópoli del planeta, donde convivirá —más bien coexistirá— con otros semejantes cuyas pautas de comportamiento en poco o en nada diferirán de las suyas. Si me hubiera dejado llevar por los consejos de quienes ya habían estado en Malasia, al amanecer me habría dirigido apresuradamente a la estación de Puduraya para tomar el primer autobús que partiera rumbo a cualquiera de esas mecas turísticas; habría obviado a Kuala Lumpur, que de esa manera se habría convertido en un intrascendente portal de acceso al país, y mi paso por él habría sido fugaz y evanescente, tan indeseado como inevitable. Y habría incurrido en un grave error; el mismo que había cometido una y otra vez en mis anteriores viajes, con obstinada reincidencia; un error propio de quien viaja con un equipaje saturado de documentación, una memoria infectada por comentarios de terceros, y una mente desprovista de opiniones propias. Pero en esta ocasión pretendía ser fiel a unas pequeñas normas que me había impuesto antes de emprender el viaje. Recordaba una de ellas: en todo momento tratarás de ser tú mismo, pues sólo este comportamiento permitirá que tu viaje sea una experiencia única e irrepetible; que cada momento vivido en tu transitar rezume irrefutables evidencias de tu autoría. Ese «tratar de ser uno mismo» implicaba sumergirse en aquellos aspectos del lugar visitado que se hallaran más próximos al viajero, sin dejarse llevar por modas pasajeras o por fórmulas extraídas de cualquier guía de bíblicas pretensiones. Quien quiera llegar a encontrarse viajando, deberá vagar afanosamente por los caminos hasta dar con aquello que lo vincule de por vida, en solidaria adherencia, a la tierra que lo acoge en su seno. En mi caso, sólo soy capaz de lograr esa cohesión con el país visitado tras haber conocido sus principales centros urbanos. Ello tan solo es debido a que a lo largo de mi aún corta vida únicamente he residido en grandes ciudades; en cambio, nunca he pasado más de quince días consecutivos en el medio rural. Jamás pude —ni quise, he de decir— vivir en el campo. Y es esa naturaleza de ciudadano nato la que me ha facultado para descubrir los rasgos emblemáticos de cada urbe, aquellos que convierten a cada ciudad en un ente provisto de temperamento propio. Pero es también esa misma condición de bestia de jungla asfáltica la que me permite afirmar, sin el menor rubor, que sólo soy un insignificante miembro más de una cultura urbana universal cuyos protagonistas repiten obstinadamente, en cada esquina del planeta, los mismos esquemas e iguales pautas de comportamiento, sin que las distancias o las diferencias lingüísticas supongan un obstáculo infranqueable. Valga el siguiente ejemplo para ilustrar lo que pretendo transmitir: es fácil observar cómo cualquier barcelonés, madrileño, sevillano o valenciano puede llegar a entender sin excesivos esfuerzos el tipo de vida que llevan los habitantes de ciudades tan remotas como Tokyo, Singapur, Sydney o Chicago; y sin embargo, resulta sorprendente comprobar cómo muchos de esos devotos ibéricos del asfalto, capaces de comprender sin dificultad a sus correligionarios del otro lado del globo terráqueo, observan, con la perplejidad y admiración que merece lo insólito, las actividades, los comportamientos y las opiniones de los paisanos que habitan las sierras que se levantan a escasos kilómetros de las grandes localidades españolas. Las ciudades malayas estaban llamadas a ser los escenarios fundamentales de mis correrías, dado que en ellas podría encontrar aquellos aspectos que permitieran aproximarme más a Malasia. Tal vez no sea lo más correcto en un viajero, pero allá donde voy incurro irremediablemente en la práctica de fijarme con un acusado interés en las semejanzas existentes entre mis anfitriones y yo, y no tanto en los sutiles detalles, las minúsculas dosis de exotismo que hacen que los unos nos sintamos tan diferentes a los otros. Aunque me equivoque —o pretendan hacerme creer que estoy equivocado— no dejaré de entender a las culturas como líneas que, pese a dibujar distintas trayectorias, inevitablemente acabarán convergiendo en un único punto, un lugar común de encuentro donde será posible el entendimiento recíproco entre todas ellas. Esa encrucijada se ve materializada en las ciudades; y aunque en ellas no siempre reine la deseada cordialidad entre las culturas, sólo allí pueden darse cita todas esas posibles maneras de entender la vida. A la luz de lo expuesto, es obvio que sólo acudiendo a las ciudades puedo ser coherente con mi propia condición. Me di cuenta de ello esa misma mañana, mientras caminaba por la concurrida Jalan Cheng Lock, puerta de acceso al corazón de Chinatown. Allí me sentí absorbido por una vibrante y heterogénea muchedumbre, que actuaba como una espesa lengua de magma humano que me arrastraba a su antojo en su incierto transcurrir, y hacía que me sintiera soluble, dúctil, domeñable. Hechizado por la encantadora danza ritual que desarrollaba en torno a mí aquella interminable procesión de motocicletas, deambulaba, sin prisa pero sin pausa, por unas calles donde los semáforos y los pasos de cebra parecían ser considerados como meros ornamentos, y no como expresiones gráficas o lumínicas de una ley. Fue entonces cuando, extasiado por aquella eclosión de vida, me pareció inadmisible centrar mi viaje a Malasia en la visita a centros de buceo, parques nacionales, o incorruptas etnias de sempiternas tradiciones. Empezaba a sospechar que ninguna de esas tres realidades poseería el atractivo suficiente para eclipsar el irresistible y embrujador caos ordenado de la Malasia urbana. Y aunque al final pasé sumisamente por el aro y sucumbí en más de una ocasión al recio y sobrio encanto de lo rural y lo salvaje —un viaje a Malasia exclusivamente centrado en el lado urbano de este país no hubiera dicho mucho de mí ni de mi cociente intelectual—, el resultado final de mi vagabundeo fue, a grandes rasgos, un periplo por las principales aglomeraciones malayas, con principio y fin en el principal engendro urbano del país: la deliciosamente inabarcable Kuala Lumpur. Y allí, en medio de aquel torbellino de vida, me encontraba yo, eufórico y pletórico de energía, no sólo por el regenerador y prolongado reposo nocturno —que sin duda contribuyó—, sino también por el hecho de estar aún en los preámbulos de mi viaje, esa temprana fase en que toda anécdota —incluso la que en otras circunstancias pudiera resultar desagradable— no hace sino provocar en el trotamundos la sensación de inextinguible éxtasis ante el incesante acopio de nuevas percepciones.
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Crónicas Malayas IV
PRIMERA SINFONÍA DE KUALA LUMPUR: CHINATOWN (y II)
Caminaba bajo ristras de globos de papel rojo que engalanaban buena parte de las calles del barrio sobre las que habían sido disciplinadamente colgadas. Era grato desplazarse al ritmo del ameno vaivén que el cosquilleo de la leve brisa matinal imprimía sobre aquellos simpáticos adornos callejeros. Pese a no detener mi marcha, mis oídos no escapaban a la sinfonía de infinitas proporciones que se interpretaba en aquellas calles, como una improvisada combinación de sonidos y voces humanas que me envolvía con su genial virtuosismo capaz de extraer armonía del caos que aparentemente enseñoreaba aquel distrito. Disfrutaba con cada uno de los movimientos de la pieza; estaba plenamente embriagado por ella y ya no era dueño de mis propios pasos; sólo la sinfonía poseía las riendas de mi destino más inmediato, el que me aguardaba al doblar la siguiente esquina, y dirigía mi caminar con su elegante pero irregular superposición de sonidos y su arrítmica combinación de notas. Pero el espectáculo no acababa en la formidable banda sonora que concedía a la ciudad un ambiente pleno de magia y le aportaba los ingredientes acústicos necesarios para llegar a ser uno de los escenarios más míticos de la historia del cine; los intérpretes de aquella composición musical también merecían la atención del forastero. Ellos, los habitantes de Kuala Lumpur, eran miembros de una habilidosa, original, atípica orquesta sinfónica capaz de hilvanar con maestría los pasajes de una pieza improvisada, y transmitían al espectador una reconfortante sensación de autonomía y libertad, tal vez la misma que ellos disfrutaban al no hallarse supeditados a directores imperiosos provistos de fálicas batutas, ni al maternal apoyo de las partituras. Las batutas y las partituras, esos sacrosantos fetiches occidentales de la seguridad y el bienestar, sin los que nuestras ciudades serían lugares inhabitables —y las más de las veces, aun con ellos, lo son—, quedaban degradadas a la categoría de ridículos idolillos en aquella parte del mundo. Cada personaje era un indispensable engranaje para el correcto funcionamiento de una maquinaria que mostraba en sus tenues, moribundas y húmedas oleadas de calor la incontestable evidencia de su energía inagotable. Náufrago en el corazón de una de las Chinatowns menos china del orbe —ya explicaré por qué—, flotaba en aquel denso caldo de cultivo donde pululaban los salubres virus de la diversidad y de la tolerancia, tan obvios e inevitables en Kuala Lumpur como los bacilos de la gripe en el aire helado de los inviernos europeos. En solidaria armonía con el entorno, cada transeúnte participaba en la bulliciosa escena como un participante más; pero, al mismo tiempo, todos ellos estaban investidos con la incomparable dignidad de que disfruta quien se siente individuo entre la anónima masa, como si gozara de plena inmunidad ante ese igualador rasero que en ocasiones puede llegar a ser la rutinaria vida urbana. Por las animadas calles de aquel barrio circulaban apresurados algunos representantes de los grupos humanos que conforman aquella intrincada y vaporosa aglomeración de gentes. Los chinos, lógicamente, predominaban sobre todos los demás transeúntes, pero su presencia se veía enriquecedoramente complementada con el paso de otros majestuosos ejemplares de la compleja y fascinante fauna urbana de Kuala Lumpur, incluidos los numerosos turistas que recorren a diario las calles de esta zona de la capital malaya. Al menos aparentemente, nadie sobraba en Chinatown. Ni en el resto de Kuala Lumpur. La ciudad se erguía como una monumental obra, inconclusa y colectiva, que agradecía honestamente toda aportación, toda generosa voluntad de contribuir a enriquecer lo ya existente. No me encontraba paseando por las calles de una ciudad como las que con aristócrata orgullo se alzan a lo largo del litoral mediterráneo. Sería desacertado definir a Kuala Lumpur como una «ciudad palimpsesto», título que la genialidad de Juan Goytisolo supo conceder juiciosamente a la Estambul que arrancó de la pluma del novelista buena parte de sus más brillantes textos viajeros. El alma de Kuala Lumpur se halla en las antípodas del Mediterráneo, pese a que las apariencias superficiales puedan llevar a creer lo contrario. Las ciudades de nuestro, valga la redundancia, Mare Nostrum, muestran a quien se acerca a ellas, en desmesuradas dosis de arrogancia y vergüenza, las huellas indelebles de un pasado tan turbulento como fascinante y egregio. Son poderosos generadores de historia; han asistido al paso de innumerables pueblos y a sus obsesivos y devastadores propósitos de aniquilar todo vestigio de quienes llegaron antes, aunque son raras las ocasiones en que se han visto culminadas tan ignominiosas acciones, porque siempre pudo perdurar algún testigo de lo que se quiso pero no se pudo eliminar; algo que pudo salvarse de la quema y que hoy se exhibe ante el viajero como proverbial superviviente a los infamantes lavados de cara urbanísticos. Pero Kuala Lumpur no parecía conocer aquellas humillantes operaciones de limpieza cultural. Bastaban unos pocos minutos de observación para comprender que la ciudad por la que paseaba difería del modelo urbano que hemos conocido los que en algún momento de nuestra infancia fuimos arrullados por el sosegador susurro del oleaje mediterráneo. Si Kuala Lumpur fuera un documento, no sería el goytisoliano palimpsesto, sino el prosaico libro de visitas que uno puede encontrar a la salida de muchos museos, y en cuyas páginas quedan registrados todos los comentarios, positivos o negativos, que deseen añadir los visitantes, quienes demostrarán poseer una bochornosa candidez si presumen que en el futuro alguien perderá su tiempo en leer los mensajes y recibirá el aleccionador influjo de sus contenidos. No había figurantes en las escenas de aquella ciudad; todos aquellos seres eran algo protagonistas y tenían alguna historia que contar o algo que hacer, aunque el resto de sus conciudadanos no manifestara un gran interés en el resultado de sus acciones o en el contenido de sus palabras. Las calles de Kuala Lumpur desprendían ese inconfundible aroma a tolerante diversidad del que sólo las aglomeraciones urbanas más dignas del mundo pueden hacer gala con justificado orgullo.
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Porque considero que éste es el lugar adecuado, reproduzco aquí la contestación que he dado a Nilo, que preguntaba en un off-topic sobre la isla de Borneo:
Cita:
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